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Gestión Macri: Los dos lados del mostrador

Los “conflictos de intereses” complican al Gobierno de los CEOs. Por qué la meritocracia en sí misma resulta un argumento falaz.

En el día a día todo suele ser confuso. Engañoso. La inmediatez extrema es enemiga de la razón profunda. A riesgo de no entender nada, mejor sería ver las cosas en perspectiva. La escena nacional sigue condicionada por la instalación de un “nuevo” régimen de representación política surgido de la hecatombe del 2001. Hoy por hoy se trata de un seudo bipartidismo determinado más por personajes, clanes y familias en disputa que por partidos sólidos, si bien las estructuras tradicionales del PJ y la UCR, así como varios desgajamientos de ellos, conservan cierto valor cultural y, sobre todo, administrativo. Lo que llamamos “grieta” no es más (ni menos) que un experimento aún en marcha, resuelto a partir de dos identidades supuestamente antagónicas, una de mirada “social” en zigzagueante retirada y otra de pretensiones “eficientistas” todavía sin techo.
El kirchnerismo, último engendro heterodoxo del peronismo clásico, validó con desparpajo algo que todo el mundo sabía pero en carácter de tabú: la lucha por el poder cuesta muchísimo dinero y los dueños del dinero condicionan el funcionamiento del Estado. Así, bajo el paraguas bienpensante del estallido de la convertibilidad, demonizó a unos empresarios, condicionó a otros y destinó miles y miles de millones a delinear una “burguesía tropa propia” basado en la convicción de que es imposible hacer política con cierta autonomía sin hacer negocios propios. La idea generó simpatía y un amplio consenso. Su aplicación (ambiciosa, eternizante) superó el límite de lo pornográfico.
Casi desde la cuna, Mauricio Macri aprendió que era imposible hacer negocios duraderos sin influir en las decisiones gubernamentales. Por más que no le convenga, es el hijo mayor de Don Franco, adalid de una burguesía prebendaria nacional que pactó con todos, militares y civiles, arriba de la mesa y por debajo de ella. Hoy le toca encabezar el primer intento heterodoxo de un empresario por conducir el país sin la incómoda intermediación de caudillos megalómanos e insaciables punteritos.
“Negocios para la política” y “política para los negocios” parecen formulaciones tan antagónicas como la docotomía kirchnerismo-macrismo. Sin embargo, ambas se unen en un punto: sentar a los que mandan a ambos lados del mostrador. El Caso Caputo es, tal vez, la expresión más flagrante de los “conflictos de incompatibilidades” que le toca enfrentar por decenas al Gobierno de los CEOs. Porque hubo mentiras. Porque hablamos del financiamiento del país. Porque en Toto Caputo se entremezclan la compra y la venta de deuda externa.
En las preocupadas entretelas de la Casa Rosada, intentan minimizar el asunto con una afirmación resignada y una pregunta retórica. Uno: “Y bueno, los hombres de negocios hacen negocios. ¿Qué querés que hagan?”. Dos: “¿Está mal que el talento desarrollado en la esfera privada trate de enderezar los disparates acumulados en el Estado?”.
Es cierto: en términos generales, el Estado carece de la disciplina y la eficiencia que caracterizan a las empresas exitosas. También es cierto: no todos los que ocupan cargos públicos por decisión política están capacitados para ejercerlos. Pero el Estado no es una empresa o, si se prefiere, es una cuya efectividad radica en resolver conflictos y equilibrar diferencias. Y la meritocracia, declamada como un valor absoluto, resulta un argumento falaz. Hasta la más pura y más capaz de las personas tiene intereses. Además de capacitado y probo, un funcionario debe exhibir garantías previas de que actuará con ecuanimidad y sin mezquindades. Ese, al menos, es el sentido de la Ley de Ética Pública en vigencia. Hasta la Oficina Anticorrupción de la ultramacrista Laura Alonso se ve forzada a intervenir en el Caso Caputo.
No sólo es normal sino ante todo deseable que los ministros gocen de la confianza del Presidente de la Nación. Y que este los defienda sin dejarse llevar por el qué dirán. Ahora bien: sustanciada la hipotética mentira de Luis Caputo en cuanto a la propiedad de sus fondos de inversión, ¿por qué lo protege a rajatabla Macri, tan afecto a prometer “la verdad”? ¿Por su destreza y lo delicado de la función que ejerce? ¿Por la lealtad familiar-financiera que lo une a Los Caputo? ¿Por ambas cosas?

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