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El robo de las manos de Perón: operación política y necromanía

El robo de las manos de Perón: operación política y necromanía

Un profundo hedor salía de ese frasco que empujaba la curiosidad de los que participaban de ese acto extraño pero ineludible. Parecían contemplar la ceremonia previa a un truco mágico, como si de esa galera de vidrio fueran a salir las verdades ocultas del mito. Sabían que no era cosa buena lo que estaban haciendo, que violaban un mandato divino: los muertos son sagrados.
La culpa flotaba en ese cuarto pobre, chico, irrespirable por el intenso calor. El mal ya se había consumado y se debía seguir con el operativo pautado paso a paso y sin memoria. No había tiempo de arrepentimientos ni era un momento para cobardes. Los que estaban allí entendían que esas debilidades no cabían. Había que convivir con la muerte de la misma manera en que el cuidador del cementerio de la Chacarita se sienta a comer su vianda rodeado de huesos, pelos secos, tumbas malolientes, flores que se pudren y se marchitan en horas. Como la carne enterrada.
Las manos estaban guardadas perfectamente seccionadas por las muñecas, casi simétricas, sin desgarros, apoyadas en el fondo de ese cofre improvisado, apuntando hacia arriba como si quisieran salir. El corte se había hecho con prolijidad de cirujano. A través del formol que las conservaba tenían un color blanco pálido. Eran las manos del muerto más temido, del hombre que desató pasiones y odios profundos, al que nadie se hubiese animado a tocar con tanta osadía. Todos querían estar seguros de que eran ésas, las ahora más buscadas, luego del secreto y exitoso operativo de su secuestro. Las miraban con curiosidad macabra y sus yemas eran estudiadas sin piedad, dando vuelta su carne, como si alguna verdad se escondiera en su profunda frialdad.
Era octubre de 1967 en Bolivia. Las manos cortadas del argentino-cubano Ernesto "Che" Guevara estaban listas para que miembros de la Policía Federal Argentina comenzaran el trabajo: identificar si correspondían al líder guerrillero. Al cuerpo se le inyectó formol para conservarlo unos días más. Sus asesinos no sabían qué hacer con él. Sin quererlo, y en el mismo instante en que lo ejecutaron, habían transformado al enemigo marxista en un mito para siempre. Una vez terminada la exposición pública del cuerpo muerto del "Che", decidieron cortarle las manos. Más tarde el ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, logró robarlas y las hizo llegar a Cuba, vía Moscú, junto con el microfilme del diario personal del guerrillero.
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