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Río de Janeiro se convirtió en el símbolo de un Brasil fracturado

Río de Janeiro se convirtió en el símbolo de un Brasil fracturado

Realizados en una ciudad con un marco de belleza natural única, los Juegos Olímpicos de 2016 se diseñaron para exhibir los logros de Brasil. Pero la realidad posterior a los juegos muestra todo lo contrario. Acosada por la corrupción, la recesión económica y una ola de delitos violentos, Río de Janeiro se convirtió en el símbolo más llamativo de todo lo que le está saliendo mal a la economía más grande de Latinoamérica.

Brasil alguna vez fue una economía emergente de alto vuelo, pero ahora está atravesando la peor recesión de la historia. El escándalo de corrupción de Petrobras, la petrolera estatal con sede en Río, salpicó a gran parte de la clase política, incluyendo al presidente Michel Temer. Un ex gobernador de Río de Janeiro, Sérgio Cabral, ya fue condenado a prisión como consecuencia del escándalo, que amenaza la carrera de decenas de otros políticos del estado.

La crisis económica del país arrasó con los presupuestos públicos, especialmente los de Río de Janeiro, a punto tal que el gobierno se vio obligado a decretar estado de emergencia financiera el año pasado y enfrenta graves déficits presupuestarios en hospitales y escuelas. La paralización política provocada por los escándalos de corrupción creó un vacío que las bandas de delincuentes de Brasil están tratando de llenar rápidamente. La violencia está endureciendo la actitud pública hacia la ley y el orden, sostienen los analistas, y abriendo camino en las elecciones del próximo año a candidatos populistas de derecha que ya tiene algunos adeptos en Río.

Los homicidios en el estado de Río aumentaron 10% en el primer semestre del año hasta alcanzar los 2723, mientras que las muertes durante enfrentamientos con la policía aumentaron 45%, según la Secretaría de Seguridad del estado. Si bien sigue siendo más baja que la registrada en la década del noventa, la tasa de homicidios va en rápido aumento. Los casos de balas perdidas de tiroteos entre la policía y las bandas se están cobrando cada vez más inocentes. Hace poco en un incidente, una bala impactó a una embarazada, provocándole la pérdida del embarazo. En otro incidente, un portero murió como consecuencia de la explosión de una granada cerca de Copacabana.

Río de Janeiro es uno de los lugares más peligrosos del mundo donde ser oficial de policía; según medios locales, 91 oficiales fueron asesinados en lo que va del año. A modo comparativo, en el primer semestre de este año en todo Estados Unidos, 23 oficiales fueron asesinados en incidentes con uso de armas de fuego. Un estudio por estado llevado a cabo por la policía militar, como se conoce a la policía ordinaria, indica que es más probable que un oficial de Río sea asesinado en servicio que un soldado estadounidense fuese asesinado en la segunda guerra mundial o Vietnam.

"El presupuesto del sector de la seguridad pública, crónicamente deficitario, es víctima de líderes débiles y la policía tiene la moral muy baja", sostiene Robert Muggah, director de investigación del Instituto Igarapé de Río, un grupo de expertos en temas de seguridad.

El panorama no podría haber sido más diferente hace solo ocho años cuando la ciudad de Río de Janeiro fue elegida como la anfitriona de los Juegos Olímpicos de 2016. "El mundo reconoció que le tocó el turno a Brasil", dijo por entonces entre lágrimas el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, el sindicalista que gobernó de 2003 a 2010.

El estado de Río de Janeiro era gobernado por Cabral, por entonces un político popular de centro que se transformó en un aliado cercano de Lula da Silva. Uno de sus proyectos de más alto perfil fue implementar una iniciativa de policía comunitaria, llamada "unidades de policía pacificadora" o UPP, en algunas favelas de la ciudad.

Durante un tiempo, la mayor presencia policial pareció reducir los conflictos armados. Pero las promesas de apoyar el esfuerzo anterior con una mayor inversión pública en las favelas quedaron sin cumplir. Activistas sociales sospechaban que elprograma UPP tenía el propósito de cerrar las favelas mientras el país fuese anfitrión de la Copa Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016... y permitir a Cabral lograr la reelección.

"Siempre digo que las UPP cumplieron exactamente el propósito para el que se crearon: garantizar la elección de Sérgio Cabral", afirma Cecília Olliveira, una investigadora de violencia de Río que administra la aplicación Fogo Cruzado, que da información en tiempo real sobre tiroteos.

La suerte de Río empezó a cambiar con el fin del superciclo de los commodities después de 2011. La gran inversión pública que había sostenido al por entonces gobernante Partido de los Trabajadores de Lula y sus aliados, incluyendo a Cabral en Río, se agotó. Con la recesión de la economía y la escalada de los escándalos de corrupción, el año pasado, la sucesora elegida por Lula da Silva, Dilma Rousseff, fue sometida a juicio político y reemplazada por el vicepresidente, Temer, que empezó a recortar gastos.

Para Río, la resaca de los Juegos Olímpicos empezó inmediatamente después que se levantó el enorme programa de seguridad organizado para los juegos. Los tiroteos empezaron a aumentar. Cabral fue imputado con cargos de corrupción y condenado a la pena de prisión. El estado quedó casi en la quiebra, sin dinero para salud, educación y especialmente seguridad.

"Estamos enfrentando una crisis financiera sin precedentes", sostiene el subsecretario de Comando y Control de la secretaría de Seguridad del estado de Río, Rodrigo Alves. Afirma que el presupuesto de seguridad se recortó a menos de la mitad en comparación con 2013. Lo que queda se gasta en sueldos de oficiales de policía.

El nivel de violencia de las bandas por ahora se mantiene bastante por debajo del pico registrado a comienzos de la década del noventa, pero la sucesión de crisis dejó a la ciudad lamentándose por haber desaprovechado la oportunidad de la década pasada. "Realmente nos convertimos en un país y una ciudad más prósperos en los últimos años", sostiene Olliveira. "Pero nos perdimos la oportunidad de construir políticas públicas sólidas".

Estas fallas están a la vista en Cidade de Deus, la extensa zona de bajos recursos en los suburbios occidentales de Río en la que se filmó Ciudad de Dios. Los médicos del centro de salud del vecindario sostienen que el número de heridas de bala trepó un 95% en la primera mitad de este año. Muchas de las víctimas fueron heridas por balas perdidas.

Los enfrentamientos de bandas son cada vez más atroces. Un médico muestra fotos de un hombre que cayó en manos de las "milicias", bandas extorsivas que, según los investigadores, están formadas principalmente por policías retirados o fuera de servicio que operan en algunas de las zonas más pobres de Río de Janeiro. Trataron de cortarle la mano con un machete, fallaron en el primer intento, señala el médico, y le dejaron un enorme tajo en el antebrazo antes de lograrlo en el segundo intento.

Una mujer en la clínica, Andreia Pereira da Silva, muestra las cicatrices de una bala de rifle que le atravesó la pierna izquierda y le abrió la pierna derecha cuando quedó atrapada en fuego cruzado a principios de este año. "Iba llegando a la puerta de la casa de mi padre para almorzar con él. Había un operativo policial, hubo un intercambio de disparos y lo siguiente que recuerdo es que estaba en el suelo", comenta la víctima.

En la estación de policía local, o UPP, una de las puertas de vidrio tiene un impacto de bala. "Cada vez que entramos allí, empiezan a disparar", dice un oficial, refiriéndose al vecindario. Y añade que la mitad de los patrulleros están fuera de servicio por los recortes presupuestarios.

"Hay más tiroteos porque falta control, este estado fracasó", afirma José Pereira de Oliveira Junior, fundador de Afroreggae, una agrupación cultural que trabaja en las favelas para rehabilitar a miembros de bandas. "¿Qué país mata a un oficial de policía cada dos días? ¿Qué ciudad? Solo Río".

Algunos analistas y vecinos de las favelas culpan a la corrupción policial por la escalada de violencia; otros afirman que la crisis económica obliga a los narcotraficantes a luchar por su cuota de mercado. Una persona familiarizada con el narcotráfico señala que los traficantes le dijeron que las ventas de cocaína cayeron 60% por la recesión.

Según los analistas, la violencia entre bandas también aumentó debido al enfrentamiento entre dos de los grupos delictivos dominantes de Brasil: el Primeiro Comando da Capital, de San Pablo, y Comando Vermelho, con sede en Río de Janeiro. La responsabilidad de la grieta se atribuye a los terribles disturbios que se produjeron en cárceles de todo el país este año y dejaron un saldo de 130 muertos.

Alves, de la secretaría de Seguridad del estado de Río, declara que el gobierno está tratando de acabar con las importaciones ilegales de armas. Se las interceptaba en las fronteras del país, en las rutas hacia Río y en el aeropuerto internacional, donde hace poco se confiscaron fusiles de asalto en un vuelo procedente de Miami.

La mayor disponibilidad de este armamento pesado está envalentonando a las bandas para atacar objetivos más grandes. Los robos de trenes, camiones y barcos treparon 150% en los últimos tres años, según el grupo de expertos del Instituto Igarapé.

"El delincuente se siente más valiente cuando lleva armas de guerra, como un fusil", sostiene Alves. Es preciso también endurecer la legislación para permitir que los sospechosos de delitos violentos queden detenidos por más tiempo... más del 60% queda en libertad en 24 horas, comenta el funcionario.
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