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No sirve la agresividad verbal contra Corea del Norte




No sirve la agresividad verbal contra Corea del Norte

El peligro que significa el programa de armas nucleares norcoreano aumentó más rápido de lo esperado, lo que quedó demostrado con la prueba de un misil balístico intercontinental que el país llevó a cabo el mes pasado. Igual de espantosa es la evaluación de la Agencia de Inteligencia de Defensa que sugiere que el ermitaño reino ha logrado reducir el tamaño de una ojiva nuclear. El régimen de Kim Jong Un representa una creciente amenaza, terriblemente seria, a la seguridad de sus vecinos, de Estados Unidos y del mundo.
El presidente norteamericano Donald Trump en los últimos días le respondió con una retórica que conlleva un nivel de agresividad casi sin precedente. "Mejor que Corea del Norte no le haga más amenazas a Estados Unidos se encontrará con un fuego y una furia nunca vistos en el mundo", dijo. Las palabras parecen repetir deliberadamente los comentarios del ex presidente norteamericano Harry Truman en vísperas de la bomba de Nagasaki, donde prometía "una lluvia de ruina desde el aire, algo nunca visto hasta ahora sobre esta tierra".
Pyongyang respondió que estaba analizando un plan para atacar Guam, un territorio norteamericano que alberga una base militar estadounidense.
Trump, a su vez, escribió varios tuits describiendo el poder del arsenal nuclear de su país, y retuiteó un artículo periodístico que asegura que las fuerzas norteamericanas en Guam están listas para un "combate esta misma noche".
La mejor justificación posible para la escalada verbal es que la misma llevará a los norcoreanos a la mesa de egociación, algo que estrategias más medidas no lograron hacer.
El secretario de Estado norteamericano Rex Tillerson resumió su visión así: "el presidente... está transmitiendo un mensaje fuerte a Corea del Norte en un lenguaje que entiende Kim Jong Un, porque no parece comprender el lenguaje diplomático".
Si ésta es realmente la estrategia del presidente, es equivocada por varias razones. Las intenciones de Kim no son fáciles de leer, pero claramente considera que poseer y mejorar su arsenal nuclear es una necesidad existencial.
El régimen aseguró con firmeza que no está dispuesto a mantener negociaciones mientras el status del reino como potencia nuclear no sea aceptado como una realidad permanente. Mientras tanto, el resto del mundo no debería iniciar conversaciones en esos términos. No hay razón para creer que las amenazas vayan a cambiar ese desastroso estado de las cosas.
Y lo que es más importante, existe un riesgo de que Estados Unidos, Corea del Norte o ambos caigan en una trampa de credibilidad _una versión muy amplificada del dilema que creó el mismo Barack Obama al trazar "una línea roja" en Siria. Si un lado promete represalias frente a la mayor provocación por parte del otro, no seguir hasta el final crea la apariencia de debilidad.
Los aliados de Estados Unidos en la región dependen de la credibilidad de la amenaza militar norteamericana de mantenerlos seguros; una amenaza militar creíble es todo lo que mantiene erguida la despreciable dictadura de Kim. Tal trampa aumenta las probabilidades de que un lado o el otro actúe contra su propios intereses en el largo plazo.
Todas las opciones para tratar con Corea del Norte son horribles. Pero el intercambio de amenazas resalta las pocas fortalezas del régimen y tapa las inmensas ventajas económicas, diplomáticas y militares que tienen Estados Unidos y sus aliados. Esas ventajas pueden aplicarse a una estrategia multilateral de disuación y contención.
Invertir en armas defensivas y capacidad de inteligencia en la región; profundizar la relación estratégica entre Estados Unidos, Corea del Sur y Japón; endurecer las sanciones y exigir el severo cumplimiento de las mismas. La oferta de brindar reconocimiento diplomático y liberación económica a cambio de una renuncia a las armas nucleares siempre debería estar sobre la mesa, aunque el régimen hoy la rechace categóricamente. Éste será un juego largo. La mejor alternativa actualmente es presionar más, no embarcarse en una escalada verbal.
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