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Merkel y Trump devalúan las ambiciones del G20

Merkel y Trump devalúan las ambiciones del G20
La Cumbre de Hamburgo del Grupo de los 20 (G20) acaba de mostrar una descarnada postal de la crisis de liderazgo y gobernabilidad que acosa al planeta. Al apuntar los reflectores hacia el difícil consenso que permitiera adoptar la casi totalidad de su última Declaración Final (cuyo texto sólo dejó constancia del retiro estadounidense del Acuerdo sobre Cambio Climático), se asignó categoría de excepcional a un gesto rutinario. Hasta la llegada de Donald Trump, los textos se aprobaban con serenidad política.
Fue la canciller Angela Merkel quien decidió puntualizar que el claro y ríspido debate de Hamburgo (en Hangzhou, China, también hubo episodios de fuerte esgrima verbal) estuvo básicamente orientado a mantener, en forma prioritaria, la unidad del Grupo. Al amparo de tal premisa, el G20 se resignó a pagar el alto costo de esmerilar algunos de sus más sólidos enfoques. Como la decisión de licuar o acotar con límites subjetivos el principio de resistir todas las formas de proteccionismo.
Esta nueva Declaración parece abrir la puerta a barreras artificiales al comercio exterior, al uso de subsidios y a ciertos frenos a las corrientes de inversión. O sea, el mundo paradisíaco de quienes hallan mérito en manipular la política comercial al amparo de los textos legales oscuros y ambiguos que emergen de la negociación global.
Lo cierto es que sólo al registrar tales dobleces resulta posible entender por qué las instituciones operativas de la gobernabilidad como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, la Unctad o la OCDE suelen verse involucradas en extraños bandazos pendulares y asistiendo a la caída de su papel y confiabilidad. Pero el presidente Trump no las desilusionó.
Seguramente para complacerlo, el G20 las convocó a seguir evaluando los impactos de las corrientes comerciales, bajo un enfoque que impone de antemano la noción de luchar contra los "excesivos desequilibrios del intercambio". Semanas antes, el Jefe de la Casa Blanca le dio similar tarea a su equipo de gobierno, cuyos integrantes llevarán su veredicto a muy corto plazo. ¿No hubiera sido lógico que el G20 conozca primero todos los diagnósticos del caso y después elija el enfoque y la terapia del tema?
Pero el mayor lastre que pesa sobre las espaldas del foro, surge de retrotraer y adaptar la plataforma de cooperación global a la verborragia mercantilista de la década del 30 que propone el actual liderazgo de Washington. Con diferentes sesgos, aún los maestros del proteccionismo histórico que militan en el G20 se inclinan hoy por dar un salto de calidad que va en la dirección de profundizar racionalmente la liberalización del comercio, no de aplicar los frenos.
Devaluar el fundamento anti-proteccionista del G20, o devaluar por que sí a "papel crucial" lo que la ley vigente califica como papel central de la OMC (Artículo III del Acuerdo de Marrakech) con el sólo objeto de complacer los designios de Trump, es un lujo que el próximo coordinador temporal del foro, el presidente Mauricio Macri, no se debería prodigar por segunda vez. Aunque esa privilegiada mesa de diálogo y cooperación mundial tiene la obvia facultad de revisar a discreción cualquier idea, es ridículo que lo haga en respuesta a una patoteada de incierto valor.
Con antelación a todo esto, muchos referentes de amplio prestigio coincidieron en expresar lo que sintetizara Lawrence Summers, el ex secretario del Tesoro de los Estados Unidos, en el Financial Times del 9/7/2017. Ninguno de ellos encontró mérito político o pragmatismo a la noción de creer que la gobernabilidad global se debe subordinar a las supuestas necesidades tácticas del G20.
El texto final de Hamburgo sólo logró humo blanco tras ser introducido, por la puerta, o por la ventana, un léxico que reconoce toque europeo y todos los insumos que promueve el ideario Trump. Por ejemplo: ¿quién puede estar en contra de un "crecimiento fuerte, sostenible, equilibrado e inclusivo"?. Seguramente nadie. De hecho, algunos de esos temas parecen ser el leit-motiv de la monografía central que dará sustento a las ideas-fuerza que la Presidencia argentina presentará durante 2018 al G20.
Lo que por ahora no se sabe es si alguien estudió cómo cuajan esas mismas calificaciones, precondiciones o acotaciones en el terreno de los derechos y obligaciones de comercio e inversión de la OMC o de un acuerdo regional. ¿Es realmente posible determinar con objetividad si un patrón de crecimiento resulta sostenible, inclusivo y equilibrado sin términos de referencia acordados para limitar el alcance de cada concepto? ¿No es dable imaginar que este filón estimula el apetito y la creatividad proteccionista?
La Declaración de Hamburgo también olvidó o ignoró que los Miembros del G20 se habían comprometido a desprenderse, a partir de 2018, de las restricciones al comercio, cuyo volumen continúa en aumento. ¿Un error no forzado?
En ese mismo texto se incita a tener en cuenta la justicia (fairness), la inclusión social y la igualdad de trato. En momentos en que todos hablan atropelladamente de la onda Comercio Libre y Justo (free and fair trade), sería bueno recordar que el ahora viejo diccionario Collins Cobuild dedica una página entera a definir cada uno de los sesgos de esos vocablos, lo que augura décadas de polémica estéril. ¿Por qué la Declaración de Hamburgo no definió en un par de frases lo que incluye y lo que excluye cada una de las ponderaciones y límites cualitativos incorporados a su texto? ¿Están preparados los miembros del foro a escuchar a dónde nos lleva el resultado de ese ejercicio?

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