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Francia ante la creciente ola de inmigración islámica

Francia ante la creciente ola de inmigración islámica
Recuerdo claramente cómo, hace más de medio siglo, mi abuela me advertía que la inmigración nor-africana iba a transformarse en un problema serio para la identidad de España. Por ello afirmaba, con convicción, que los Pirineos eran la separación real entre África y Europa. Una suerte de barrera, presuntamente infranqueable.
El tiempo, sin embargo, no le ha dado la razón. El problema al que aludía es hoy mucho más extendido que lo que entonces se anticipaba. Tanto que los franceses, como los españoles, portugueses, griegos o italianos miran con visible preocupación a la constante ola de inmigrantes africanos que se precipita sin descanso sobre el Viejo Continente. Pero no sólo a través de España. Por todas partes y hasta corriendo graves riesgos de vida.
Un estudio reciente publicado por el diario francés Le Figaro aporta algunos datos muy fuertes sobre la actualidad. Veámoslos, suscintamente.
Nada menos que el 65% de los franceses entrevistados piensa que "hay demasiados extranjeros en su país". Esto incluye al 77% de los obreros, al 66% de los empleados y al 57% de los profesionales. Esa es la opinión prevaleciente en la mayor parte de la población y en la casi totalidad de sus estamentos.
Y un 60% de ellos cree, además, que el Islam "es incompatible con los valores propios de los franceses". Porque esa religión, argumentan, impacta adversamente en la identidad nacional gala y, por ello, fractura a su pueblo.
A lo que cabe agregar que el 50% de los franceses opina que la integración de terceros con los franceses es, para los extranjeros, una cuestión bien difícil. Y, más aún, creen que el 61% de ellos no hace esfuerzo alguno en dirección a tratar seriamente de integrarse con quienes viven en el país que, por el motivo que sea, ellos adoptan. Suponen que los inmigrantes en los hechos se aferran a sus propias culturas y carecen de la disposición necesaria para amalgamarlas adecuadamente con la cultura local, que por otra parte no les es familiar.
Esto último sugiere que existe algún grado de "crispación social" por el tema. Tan es así, que el 60% de los franceses dice que "ya no se siente como en su casa". En parte, porque el Islam, credo que acompaña a un crecido número de los inmigrantes, procura, en su opinión, imponer su propia cultura y modo de vida sobre todos los demás. Con una peligrosa cuota de intolerancia, que a veces incluye hasta alguna dosis de violencia.
A lo que cabe agregar según el estudio comentado que el 71% de los franceses cree que la política de su país ya no está necesariamente dividida entre izquierda y derecha. Porque las prioridades sociales ya son otras. Por ejemplo, la asistencia social, frente a la cual un sólido 62% de los franceses piensa que ella es exagerada. Por alta, obviamente. Y porque saben que son ellos mismos quienes la han financiado y la continúan financiando, razón por la cual no creen equitativo que los frutos de su esfuerzo sean extendidos gratuitamente a quienes llegan desde afuera y no han contribuido como ellos.
Finalmente, demostrando que existe una cuota de abierta disconformidad con su presente y hasta una cierta atracción por el pasado, el 64% de los franceses cree hoy que antes se vivía mejor en Francia. Seria, como sensación. Dura, como conclusión. Por las suspicacias que necesariamente esa poco feliz visión de la realidad propia provoca.
La continua ola migratoria que procede del Continente Negro está compuesta mayoritariamente por personas que huyen de la cruda realidad económica de sus países de origen. Muchos buscan efectivamente trabajo y oportunidades que no existen en los lugares de donde provienen. Todos navegan una situación difícil y esperan encontrar un mínimo de solidaridad que no siempre existe. Particularmente cuando el volumen del flujo comienza a atemorizar a los locales respecto de un impacto adverso en sus niveles de vida. Por esto último la reacción respecto de este tema no puede ser exclusivamente nacional y debiera contar con el concurso de la comunidad de las naciones. La convocatoria es fácil de enunciar, pero difícil de estructurar. Por esto muchos argumentan que la solución pasa por mejorar los niveles de vida en los rincones que expulsan población. El problema es que la desesperación no sabe de esperas.

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