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Un río de gente empujada por una catarata de memoria colectiva

Un río de gente empujada por una catarata de memoria colectiva

Plaza de Mayo fue, una vez más, escenario de una expresión colectiva que niega a soltar lo único que cuida, mantiene y sostiene a una democracia que volvió hace 43 años y que sintió el simbronazo ante el fallo de la Corte Suprema de Justicia que realizó un fallo polémico a favor de un represor.

Hoy, 10 de mayo no es un día más, hoy las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo vuelven a recorrer su lugar donde una y otra vez fueron corridas por la policía al grito  de "circulen", manejada por un gobierno de facto. Hoy, vuelven a gritar "Señores jueces, nunca más, ningún genocida suelto". 
Tres generaciones caminan agarradas de la mano, agarradas de la mochila de su hijo o de la pequeña mano de su nieto. "Si los sueltan a ellos, nos encierran a nosotros", se logra leer en un cartel escrito a mano. 
El 2 de mayo la Corte Suprema de Justicia decidió con tres votos a favor y dos en contra - Elena Highton de Nolasco, Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti a favor y  Ricardo Lorenzetti y Juan Carlos Maqueda en contra- aplicar la ley 24.390 –conocida popularmente como el beneficio del 2×1 en el caso de Luis Muiña (Expte “BIGNONE, Benito A. y otro s/recurso extraordinario”) por tratarse de la ley “más benigna”. 
Las alarmas se encendieron, los pañuelos se ajustaron y el grito se pegó en el cielo: un represor que ya cumplía con la libertad condicional, recibía otro beneficio que lo deja al borde de completar su condena por delitos de lesa humanidad. Porque claro, Muiña formó parte de un grupo paramilitar que actuó en el Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio dentro del Hospital Posadas cuando fue tomado por Reynaldo Bignone y fue condenado a 13 años de prisión por secuestros y torturas. Una de sus víctimas, hoy en día se encuentra desaparecido: Jorge Mario Roitman. 
En las esquinas se entregan pañuelos por parte de la Defensoría del Pueblo, en la Plaza de Mayo una fila se forma para que se plasme en aquel lazo blanco con letras azules Nunca Más, para que antes de que termine el acto convocado por Abuelas de Plaza de Mayo, ese símbolo que cuando comenzó la búsqueda de sus hijos desaparecidos eran pañales, hoy se alcen al viento el grito unánime del enojo colectivo. 
Eva tiene 7 años, con el pañuelo anulado en su cuello y en brazos de su madre, duda en responder porqué está hoy presente ahí. Su madre responde por ella y ella solo asiente. "Es para que quienes mataron a los chicos no salgan a la calle", repite Yanina, su madre, ante la atenta mirada de su marido, Nahuel. Hoy están juntos, son 4 y no quieren que sus hijos caminen las mismas calles que alguna vez tocó una bota militar. 
También está sola y a la vez acompañada, la hermana de Enrique Atilio Maratea que desapareció el 29 de abril de 1977 de Ramos Mejía. "Nadie sabe nada, nadie vio nada, no hay rastros en ningún chupadero" y por último, entre un dejo de enojo y tristeza dice "esto es en contra de la ciudadanía".
En un momento el silencio se hizo presente para darle espacio a los aplausos, claro, la combi blanca que transportaba a las Abuelas de Plaza de Mayo se hacía presente y la gente hacía paso para que hagan su entrada ellas. 
"Teke teke, toka toka, la memoria no se toca, genocidas en la cárcel, 2x1 las pelotas", se escucha cantar y se mezcla con el tan conocido "como a los nazis, les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar", una y otra vez, sin cesar, con más fuerza, con más indignación y con más dignidad. 
En la calle se dilucida la silueta de un pañuelo remarcado con velas, los curiosos sacan fotos y una madre con su hija le dice "ponete que te saco una foto", se abrazan y se suman a la marea que mira de frente a la Casa Rosada. Desafían y se plantan ante la única realidad que hoy confluye y se siente en el clima: ningún genocida en la calle. 

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