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Motochorro ultraviolento: atacó brutalmente a una anciana para robarle 120 $

Motochorro ultraviolento: atacó brutalmente a una anciana para robarle 120 $
Los asaltos perpetrados por motochorros son una constante en el ámbito de la ciudad de Posadas. Los delincuentes aprovechan las posibilidades que les da el tipo de vehículo para sorprender a sus víctimas y escapar en forma rauda, muchas veces dejando a sus víctimas gravemente heridas.
Lo que más llama la atención es el grado de violencia que utilizan estos marginales a bordo de los vehículos de dos ruedas. Acostumbrados a tironear carteras, bolsos, portafolios y “manotear” de los asientos de los autos, tras romper los vidrios. La mayoría de las veces con armas, no dudan en usarlas cuando las cosas se les complican un poco. Los motochorros son una auténtica calamidad.
El domingo al mediodía, a escasas cuadras del centro de la ciudad, otro episodio terminó de la peor manera. Un sujeto que, junto con un compinche que escapó, pretendió robarle el bolso a una anciana que fue tratada de manera brutal por el delincuente.
Un barrio de casas bajas y frondosa arboleda, a escasas cuadras del centro de Posadas. Una calle como tantas. Un frente blanco con un pequeño hall en la entrada, desde donde se puede ver el interior de la vivienda. La única ventana que da al frente está cerrada. Es martes y faltan pocos minutos para las nueve de la mañana. La calle está desierta. Una mujer barre las hojas que el viento de la tormenta del día anterior sacudió de los árboles que hay alrededor.
Es la casa de Teresa Nelba Ruiz, una septuagenaria de 76 años que el domingo no tenía ganas de cocinar y salió para comprar un pollo a unas 3 cuadras de su residencia. Caminó pocos metros por la calle Herrera hacia la Av. Uruguay y, en la intersección con Bonpland se cruzó con dos delincuentes que circulaban en moto.
Eran las 12:33. Así quedó registrado en una de las tres cámaras que el propietario de la casa en construcción ubicada justo en la intersección de las dos arterias colocó para detectar situaciones de inseguridad.
Uno de los motochorros se arrojó del vehículo y se precipitó con fuerza sobre la anciana, que no pudo amortiguar la caída y que al caer quedó atontada por el golpe. Ya en el piso, desesperada, pedía a los gritos que no la tocaran y que llamaran a su hija. Pensó que había sido atropellada por un auto. Jamás pensó que los 120 $ que llevaba en el bolso para comprar el pollo que tenía pensado comer con su hija ese mediodía podían interesarle a alguien, como para que le provocara semejante daño.
Todavía en la calle, desparramada en el asfalto, con el cuerpo dolorido y sin entender lo que estaba pasando, fue socorrida por un joven que, al reconocerla advirtió rápidamente a sus familiares. Los servicios de ambulancia y policía tardaron en llegar, contó su hija. Seguramente, con su madre en el piso, lastimada y quejándose por el dolor, debió haberle parecido que demoraron una eternidad. No la quisieron tocar, prefirieron esperar, por temor a que tuviera alguna costilla rota que pudiera lesionarle algún órgano.
El martes por la mañana Teresa intentaba recuperarse de los golpes y del tremendo shock emocional que le dejaron secuelas que todavía no puede superar. Está sobresaltada y tiene taquicardia. Un equipo de profesionales médicos la monitorea en forma permanente. El grupo familiar también se reúne a su alrededor, para darle contención.
Al recibir a los cronistas, la hija de Teresa fue tajante: “No va a dar declaraciones ni va a hablar. No queremos reportajes”, dijo en tono seco. Minutos después aclaró que lo hacía para prevenir la integridad de su madre y la del grupo familiar: “Mi madre es una anciana de contextura pequeña. Imagínese que por h o por b los delincuentes queden libres y quieran venir a vengarse… No. Es un riesgo que no queremos correr”, razonó la mujer antes de trasponer el umbral de la vivienda y despedir amablemente a los cronistas.

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