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“La misión y la función de una escuela es brindar educación a todos”

“La misión y la función de una escuela es brindar educación a todos”
Para algunos padres, se vuelve una tarea agotadora conseguir banco en una escuela en la que su hijo se sienta cómodo, sobre todo si padece de alguna discapacidad. En ocasiones, la peregrinación por un lugar se repite por varios días. Hasta incluso, empiezan a perder las esperanzas de que sus niños logren finalizar el ciclo primario. Una escuela que continuamente se prepara para recibir a chicos discapacitados es el Instituto Santa María de las Misiones, ubicado en la chacra 150 de Villa Cabello. En la actualidad, al establecimiento asisten seis chicos, desde el nivel inicial hasta séptimo grado, que tienen dificultades en el habla, motrices, o bien, síndrome de down.

Quizás, en los últimos meses el caso que más resonó fue el de Nathan Forés (12), quien de chico sufrió de una aplasia medular y que a raíz de los tratamientos médicos tuvo complicaciones en los músculos del habla. La historia del pequeño trascendió los límites provinciales y se ubicó en la agenda nacional, pues el año pasado fue elegido mejor compañero por sus compañeritos de sexto grado.

“Nosotros desde hace un  tiempo recibimos a  chicos con  alguna discapacidad, pero es importante saber el diagnóstico de cada chico porque incluir no implica tenerlo dentro del montón”, expresó a El Territorio la directora del establecimiento educativo, Mabel Urbina y agregó: “Se debe saber que este niño necesita otro tipo de atención y que la maestra está además de estar para él debe atender a los otros 30 que están en el salón”.

Para trabajar de una forma coordinada, el directivo, los docentes y el equipo interdisciplinario se reúnen a lo largo del año para evaluar los casos. Una de los encuentros se concreta a fin del ciclo lectivo. “Nos reunimos a fin de año y vemos quien será el docente de ese niño al año siguiente, porque hay que organizarse y la idea es que el docente ya esté sabiendo las dificultades que ese niño tiene”, dijo Urbina.

En el caso de Nathan, ingresó a la escuela a los 4 años y recién logró hablar en quinto grado. “Hasta que llegó a este grado las maestras tuvieron que aprender a trabajar y tenían que aprender un  lenguaje alternativo”, relató la directora.

Una de las formas que los docentes optaron para comunicarse era a través de tarjetas que estaban colgadas en la pared del aula y en el cuaderno del niño. “Cada vez que él  necesitaba algo nos mostraba y se empezábamos a unir oraciones”, contó Urbina.
En relación a aceptar a niños con alguna discapacidad, señaló que “es nuestra función  y la misión de una escuela es brindar educación. Si decimos que somos una escuela  cristiana  católica no se debe demostrar sólo con palabras sino con  los hechos, porque este trabajo se debe hacer desde lo humano”.

Para que el trabajo entre alumnos, docentes y directivos sea efectivo, debe entrar en juego la responsabilidad por parte de la familia, que representa un eslabón importante en este trayecto. Se trata de un  compromiso, por eso optan por firmar actas acuerdos con los progenitores.

“También se realizan reuniones con los padres porque es importante que entiendan y sepan que en algunos cursos habrá otros docentes (los integradores) y se busca evitar las burlas por parte de los compañeros”, esbozó la directora.

Explicó que el compañerismo es algo característico de los chicos. En el curso de Nathan ese concepto quedó reflejado con la votación.

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